Es la hora de los cobardes,
que se agazapan al otro lado
de las farolas;
aunque también los intrépidos
están listos para abordar la quilla
de cualquier maloliente bar,
cuando las tribus encienden
sus fogatas, a la hora del baile.
En este instante algunos habrán
tramado un plan para asesinar
por unas monedas,
cumplirán una venganza
o estrellarán sus sueños
en el salpicadero del coche,
a ciento ochenta por hora.
Justo cuando tú duermes
entre sábanas limpias,
otros escupen porque no
tienen ningún nombre que recordar,
ninguna cama limpia les espera,
por eso acuden a diario
al único pozo que les cobija y
les pone la banda sonora
de todos los días.
La música ya no les cura,
pero tampoco les molesta,
mientras se desgastan lentamente
a la luz de unas bombillas
cada vez más sucias.
A rastras, apuran sin prisa
la agonía de un tiempo muerto,
como ellos.