Fue la pasada noche,
no podía dormir y
salí a la calle,
casi a instalarme en ella,
aún sabiendo que tendría que regresar.
Volver al lento rosario
de tragos y espacios muertos,
de miradas perdidas y
de sentimientos huecos.
En la noche, sobre el asfalto,
ya ni los coches molestaban,
estaba sólo y me encontré
donde quería y con quién quería.
Nadie.
No había nadie en la calle,
tan sólo yo solo
y un aire templado acariciando
mi cara que resultaba
extremadamente placentero.
Que placeres más simples
y a la vez tan difíciles de apreciar.
En mi cabeza las frases de alguien
osado que se atrevió a darme consejos
para que cambiara el orden,
que el final fuese el principio,
que lo divertido estallara al fin,
mientras que lo reflexivo
fuese el inicio.
Y yo, mascullando, ¿se puede
invertir un orgasmo?,
estallar después y caer al principio,
en las afiladas aristas del abismo,
en la reflexión solitaria,
en la insatisfacción más ardiente...
En todo caso, aquel desorden
sería el suyo y no el mío.
Joder, se puede trasmutar todo,
siempre que lo desees o lo necesites,
esa es la clave, que se te antoje,
pero nunca por mandamiento formal
o por el aplauso más deseado.
Yo no quiero aplausos,
sólo busco materializar mis deseos
y hacerlo con precisión,
con gusto y con regusto.
Lo demás, no me interesa.
Que lo sepas, atrevido puntilloso.